Mi nieta me pidió que no la avergonzara con mi aspecto pobre... Ver más
Con más de setenta años, ya estaba jubilado y llevaba una vida sencilla. Había pasado casi toda su existencia en la misma vivienda: una casa construida con esfuerzo junto a su esposa, donde vio crecer a su hijo y luego disfrutó de la infancia de su nieta.
Una noche, mientras la familia buscaba alternativas para afrontar los costos universitarios, don Ricardo rompió el silencio.
— La universidad se va a pagar.
Todos levantaron la vista.
— ¿Cómo? —preguntó su hijo.
El anciano respiró profundamente antes de responder.
— Voy a vender la casa.
Las palabras dejaron a todos los inmoviles.
No hablaba de una propiedad cualquiera. Era el hogar donde había vivido durante toda su vida, lleno de recuerdos imposibles de reemplazar.
Su familia intentó convencerlo de cambiar de opinión.
—No podés hacer eso. Es todo lo que tenía —insistió su hijo.
Pero él ya había tomado la decisión.
— Una casa puede volver a comprarse. Un sueño perdido, no.
Pocas semanas después se concretó la venta. El dinero obtenido permitió cubrir la matrícula universitaria, el alojamiento y buena parte de los gastos de la carrera.