Nunca imaginé que la palabra “mamá” pudiera dolerme tanto como el día en que mi propio hijo me pidió que dejara de serlo. Me llamo Renata, tengo treinta y ocho años, y hasta esa tarde de octubre creí que había hecho todo bien. Trabajaba turnos dobles en una clínica pequeña, cocinaba de madrugada para dejarle el almuerzo listo, revisaba sus tareas por videollamada cuando no llegaba a tiempo, y guardaba cada peso para pagarle el colegio privado en el que su padre insistió en inscribirlo antes de irse. Sebastián era mi único hijo. Mi vida entera cabía en su sonrisa.
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