Hay momentos en los que una frase se queda flotando en el aire y no te suelta más. “En mi familia esto se repite”, “siempre terminamos igual”, “por más que intento, algo me frena”. A veces lo llamamos mala suerte. Otras veces, destino. Y hay quienes lo nombran con una palabra fuerte: maldición familiar.
En una visión espiritual y también psicológica, una “maldición” no tiene por qué ser algo oscuro, teatral o producto de un hechizo. Puede ser, más bien, una carga heredada: patrones de conducta, emociones no resueltas, silencios, lealtades invisibles, miedos repetidos, formas de amar y sufrir que pasan de generación en generación como si fueran un idioma secreto.
La buena noticia es que lo heredado no está condenado a repetirse. Se puede mirar, comprender y transformar.