“Mi madre no tenía hogar y tuve que ir a un centro de acogida”, recordó Tressa, rememorando aquellos años formativos. “Todos mis amigos eran mayores que yo. También empecé a beber a los ocho o nueve años… Al despertar, veía cómo salían nubes de vaho de mi boca. Si había dinero para la calefacción, se destinaba a un pequeño radiador en el salón. A menudo, solo teníamos una comida al día”.
Rodeada de adultos que también estaban consumidos por la adicción, Tressa quedó completamente desprotegida, viviendo una infancia desprovista de límites, afecto o seguridad.
El horror silencioso en la obra
Cuando el embarazo de Tressa se hizo público en 2005, poco después de que terminara la escuela primaria, la versión inicial difundida por la prensa y los rumores locales fue la de un encuentro imprudente, provocado por el alcohol, entre dos niños del vecindario. Aterrorizada, aislada y con una inmensa carga de vergüenza, Tressa, de 11 años, inicialmente se creyó la historia, afirmando que un niño del barrio era el responsable.
La verdad era mucho más siniestra.